Estos factores explican cómo percibimos el agua (textura, sabor, “cuerpo”) y por qué unas aguas maridan mejor con determinados platos que otras. Entra en cada ficha para ver detalles, ejemplos y recomendaciones.
La presencia de CO₂ aporta efervescencia, modifica la textura y puede realzar o limpiar sabores. Útil como aperitivo o entre bocados. Más gas ≠ mejor: depende del maridaje y del tamaño de burbuja (fina = más elegante).
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Aguas con bajos nitratos reflejan mejor su origen y suelen considerarse más “vírgenes”. Es un indicador de pureza en el punto de captación. Valores bajos indican menor influencia antrópica en la cuenca.
El TDS (Total de Sólidos Disueltos) define el “cuerpo” del agua. Perfiles bajos son más ligeros; perfiles altos, más estructurados. Orienta maridajes y sensaciones en boca: ligero para verduras y pescados; más cuerpo para curados y frituras.
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El pH sitúa el agua en el eje ácido–neutro–alcalino. Influye en la percepción (punzante, suave, ligeramente “dulce”) y en compatibilidades gastronómicas. Su efecto sensorial es moderado, pero clave para equipos y corrosión.
La “edad” geológica del agua (tiempo en el acuífero) condiciona su estabilidad y perfil mineral. Aguas jóvenes: ligeras y frescas; aguas antiguas: más complejas y con firma mineral marcada.
Gasificación, pH, TDS, pureza en origen y edad: cinco claves para entender el agua.